24 de noviembre de 2020

Canción para el comienzo del mundo

Juan Genovés



Si comenzará hoy el mundo por segunda vez. Si volviese la gente a estas calles, 
a los jardines anónimos, si te encontrase sentada en los bancos junto al río. 
Si apareciesen dormidos los niños y se levantases con una música, poco a poco. 
Si con suma delicadeza entrasen los hombres y mujeres en las casas para encender de nuevo el hogar, y permaneciesen unos junto a otros hablándose muy cerca. 
Si comenzará hoy el mundo por segunda vez y pudiese abrir los caminos con una canción para que vuelvas, para que volváis. Una voz llamándonos, y alguien tomase mi mano. 



30 de octubre de 2020

Recien llegado

Isidro Ferrer


Eran días en que ya no esperábamos más sorpresas –contó Qfwfq-, se sabía cómo iban a seguir las cosas. El que estaba estaba, teníamos  que vérnoslas entre nosotros: éste llegaría 
más lejos, éste se quedaría donde estaba, éste no conseguiría sobrevivir. 
La elección era entre un número de posibilidades limitadas. 
En cambio una mañana oigo un canto, desde afuera que no había oído jamás. 
O mejor (pues no sé sabías aún qué era el canto): oigo un sonido que nadie había emitido jamás. Me asomo. Veo un animal desconocido que cantaba sobre una rama. 
Tenía alas garras cola uñas espolones plumas plumón aletas aguijones pico dientes buche cuernos cresta papada y una estrella en la frente. Era un pájaro, ustedes ya se habían dado cuenta; yo no; nunca se habían visto.

El origen de los pájaros
Italo Calvino 



Cuando llegamos ya estaban allí el canto, la rama, la estrella en la frente, el día con su tiempo a cuesta. Eramos nosotros los recien llegados al lugar. La mirada intacta, las primeras palabras. Todo dispuesto a desobedecer.
Estos días en los que camino por la ciudad consciente de que las cosas suceden ajenas a mí, sin distancias entre ellas, pienso en el privilegio de haberme quedado en la Tierra 
mientras disfruto por no saber, en esta realidad, quién ve a quién por primera vez.

29 de octubre de 2020

¿Cúantas palabras son necesarias?



Não é nenhum poema
o que vos vou dizer
Nem sei se vale a pena
tentar-vos descrever
O Mar
-Madredeus-


Las luces de la ciudad siguen encendiéndose a la misma hora. No han perdido su automatismo los ordenadores, las centrales eléctricas. Su tarea diaria reclama la atención de los que se han marchado. El sentido de parques y de plazas, de calles descendiendo hasta el paseo fluvial. Los lugares propicios para el amor, de los que hablaba Ángel González, ¿quedan cuestionados o son, ahora más que nunca, como recien llegados, plenos bajo estas farolas alumbrando para nadie?
Como niños que al salir del colegio se dispersan por la ciudad, las cosas van ocupando su lugar sin alardes, sin excesos. Como si fuera por primera vez, se ilumina desde dentro
la madera, el cemento, la tierra de los jardines públicos, las ventanas de cada casa
dispuestas al silencio. Y de este modo, sucede el día.

Mientras tanto, Teresa Salgueiro logra lo imposible, describir con una sola palabra el mar. 
Y esta es razón suficiente para quedarse.



27 de octubre de 2020

Segunda emisión




Vivo en una casa en la que sobran habitaciones. Una casa parecida a un barco.
La forma del tejado simula ser una ola. Los árboles del patio aún no alcanzan a ocultar
las ventanas más altas. Es una suerte, me digo, que la luz cubra las habitaciones.
La casa conserva todos los muebles que trajimos, los cuadros, las fotografías del salón.
Aún hay ropa colgada en los armarios, en los cajones objetos que uno olvida haber guardado. Es fácil encontrarse palabras y dibujos inacabados en algunos lugares. Ciertas manchas que pudiera parecer mensaje por descifrar. Vivo solo en la casa. Y estoy vivo. No es un dato, es una afirmación. La sangre lo dice. Comer, sentir frío, padecer esta soledad acuciante como una enfermedad que se propaga, no es suficiente.

Todo cambió hace unos meses. Aún hoy me pregunto, si lo que suelen indicar psicólogos 
y especialistas: que un suceso traumático desencadena todo tipo de trastornos, es mi caso. Aquella mañana, dormí hasta muy tarde. Al despertar supe que me habían dejado descansar. El silencio era palpable desde el mismo instante en que abrí los ojos. Un silencio que compartía, en este caso, la misma cualidad que un ruido fortuito, que un chillido o un golpe, quiero decir que aquel silencio me sobresaltó de igual manera.
Sabía que en la casa no había nadie. Que todos se habían marchado. No tardé mucho en salir a la calle, en comprobar que esa ausencia acuciante se extendía fuera de la casa, 
y que anduviese lo que anduviese, encontraría la ciudad deshabitada.
Ni un alma. La vida detenida, a medías, exactamente como en esas películas de ciencia ficción donde la humanidad desaparece del planeta y no sabemos cómo ni por qué lo hicieron. Igual que esas películas, pero sin cohetes, sin violencia, sin apocalipsis bíblico, sin tiempo futuro. Sin una maldita pista sobre la mesa en alguna casa. En verdad, muy distinto a esas películas de ciencia ficción.
En esta historia sólo estoy yo, sentado sobre el bordillo de una acera preguntándome 
qué razones encontró el resto para marcharse o qué razones no encontraron para quedarse.

Y desde entonces, aquí me tenéis, mandando señales por si alguien estuviese al otro lado, escuchando. Haciendo ruido como quien tira piedras a una lata vacía.